20.4.08

09

Tan puntual como siempre suena el despertador. Son las 7:15 de la mañana y repasas mentalmente, sin abrir los ojos, cada parte de tu cuerpo. Lo que más te preocupa es que la cabeza no comience a darte vueltas sin parar, porque eso puede hacer que se desencadenen todos los males, y nunca es agradable cantar abrazado del sanitario. Abres los ojos, piensas en la falta que le hace al techo una buena mano de pintura, miras de reojo a la ventana, la luz del sol se filtra insolente, violenta, fijas tu atención de nueva cuenta en el techo, miras el foco de 60 watts color pastel que cambiaste el lunes pasado, te das cuenta que no es cierto eso de que le da color a la habitación, te preguntas si en realidad ahorrara energía como decía en el empaque, eso te lleva a pensar en el calentamiento global y de ahí llegas a las revelaciones y el fin de los días. Sonríes porque te has dado cuenta que ya llevas demasiadas ideas procesadas y la cabeza aún no comienza a inflamarse, a querer reventar.

Te sientas en la orilla de la cama, sin levantar la cabeza, todavía tienes miedo de que te vaya a jugar una mala pasada y se colapse de la nada. En ese momento regresas el tiempo, casi como un detective privado que intenta reconstruir la escena del crimen. Sabes que fue demasiado alcohol el que ingeriste porque no recuerdas cuantos tequilas te tomaste, ese es el mejor indicio de que fue una gran borrachera. Ahora lo que sigue, evocas los detalles de la reunión, las pláticas, las cosas que dijiste, las que escuchaste, te detienes un segundo a tratar de recordar si alguien hizo el ridículo incluido tú. Al parecer no hay nada que lamentar, te acuerdas de todo, incluso de que antes de dormir decidiste darte un baño porque seguramente te despertarías queriendo mejor morir y no te daría tiempo de bañarte.

Miras el reloj, son las 7:30, al parecer no habrá secuelas, pero sabes que aún no puedes cantar victoria. Levantas la vista hacia la puerta del baño, de pronto se ve tan lejos, tan inaccesible. Con un gran esfuerzo te incorporas y comienzas el recorrido hacia el baño, esos cinco pasos que ahora parecen cinco kilómetros. Si no estuvieras tan desvelado tal vez hasta hubieras levantado los brazos al llegar al baño, festejando la llegada a la meta. Te miras en el espejo, sonríes de nuevo al ver tu reflejo, los cabellos sin orden, la cara hinchada, los ojos con unas hermosas bolsas negras que guardan todas las horas de sueño que tienen pendientes. Abres la llave del agua, pasas tu mano derecha por tu cara buscando trazas de barba o bigote, suspiras aliviado al no encontrar nada, hoy no es un buen día para tener una navaja cerca de la cara. Tomas agua con ambas manos y te agachas para enjuagarte la cara. Es justo en ese momento cuando sientes una ligera punzada en la cabeza que hace que todos tus miedos se vuelvan contra ti. Te quedas quieto esperando que esa sensación se aleje de ti, seguramente fue provocada por el movimiento brusco que realizaste al enjuagarte la cara. Tomas un poco más de agua y terminas de enjuagarte la cara, sin incorporarte tomas el cepillo de dientes y la pasta, comienzas a lavarte la boca, es horrible el sabor de la pasta combinado con los sabores que te cargas de la noche anterior. Terminas y te incorporas lo más lento que puedes, te miras en el espejo y tomas una plasta de gel que te embarras en los cabellos, y te peinas muy despacio.

Son las 7:45, lo sabes porque se te olvido quitar el recordatorio de treinta minutos que tienes programado en el reloj y ha comenzado a sonar el muy insolente. Sales al cuarto y lo apagas. Hoy afortunadamente es viernes y te puedes poner cualquier cosa, como sea hoy el uso del uniforme no es obligatorio en la oficina. Un pantalón de mezclilla y una camisa azul marino de manga larga son la elección perfecta. Te sientas de nueva cuenta en la cama y te vas sintiendo cada vez mas contento, al parecer hoy no habrá que pagar el precio de la enorme borrachera, la cruda se ve cada vez más lejana. En eso estás pensando mientras metes tus pies en los zapatos, y con la confianza de la victoria, te agachas a amarrarte los zapatos y en ese momento sucede, como avalancha se deja venir sobre de ti todo el dolor de la noche anterior, cierras los ojos intentando alejarte del dolor, te levantas lentamente aún cuando sabes que no tiene sentido. Te acuestas para poder abrir el cajón donde guardas las aspirinas para este tipo de contingencias, tomas el frasco y te dan ganas de llorar cuando te das cuenta que esta vació, te ríes como loco mientras piensas que será un largo día.