20.4.08

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Tras esa cárcava estaba el último cuartel enemigo. Meditabundo, el Capitán se preguntaba si podría emborucar al enemigo como lo había hecho otras veces. Su ejército se redujo de manera significativa en la última batalla, no quedaba prácticamente nada de parque y lo más probable era que el enemigo tuviese cuando menos el doble de soldados que él. Apretó con fuerza el reloj con el minutero que siempre marcaba las doce, aquel que le salvo la vida cuando recién empezó la guerra. Necesitaban un milagro para ganar, quizá si tuvieran el apoyo aéreo de las libélulas asesinas pensó, sin embargo, él sabía que los aviones estaban lejos de ahí librando otra batalla. Miro a su alrededor, sus soldados esperaban inermes la siguiente orden, se miraban agotados y con frío, llevaban varios días sin dormir y comiendo únicamente lo que la naturaleza les ofrecía. Recordó su pueblo y se sintió tan solo, se miro en la confitería de su escuela, le pareció reconocer los olores de su infancia, los chilaquiles verdes que preparaba su madre. Dejo de pensar en eso, tenía que pensar en la mejor manera de atacar, miro la nieve y pensó que el río que cruzaba por ahí se debió ver como sus botas después de darles crema, como un espejo en el que a nadie le interesa mirarse. Después de explicar con gran lucidez el plan a sus soldados, se miro las manos como quien a través de la quiromancia intenta descubrir el futuro. Dio el último discurso, se sintió como el productor de teatro que cree estar a punto de financiar la obra más grande de todos los tiempos, se paro al frente de la caravana, y tras lanzar un gran grito, comenzó a correr hacia donde él había deducido encontraría el final de su camino.