Está noche es especial, hoy es su primer aniversario y quiere hacer algo diferente. Al principio pensó que no necesitaría salir a trabajar, pero su negro quiere ir a celebrar y con lo que ahorro en la semana, no le será suficiente. Sin embargo hoy puede darse el lujo de escoger, en realidad no necesita tanto, pero nunca se sabe, puede ser que al negrito le den ganas de emborracharse, o que quiera ir a bailar después de la cena y la gasolina no la regalan.
Camina como todos los días -excepto el jueves- hasta ese rincón lastimosamente iluminado por la lánguida luz amarilla que se desprende de la vieja lámpara del alumbrado público. Mira a su alrededor y piensa para si misma que tal vez no fue la mejor idea salir a trabajar tan temprano, claro que tiene sus ventajas, entre más temprano se empieza, los clientes suelen ser más jóvenes y con un poco de suerte hasta atractivos, inexpertos o vírgenes. Estos últimos son los mejores, siempre pagan, rara vez reclaman y muchas veces basta fingir un poco para que la cosa sea rápida, dinero fácil piensa. Claro que hay ocasiones en las que lo único que se puede levantar son los obreros apestosos que recién reciben su dinero llegan hasta acá buscando un poco de fantasía, para después salir corriendo a la cantina a contar a sus amigos las proezas que son capaces de realizar en la cama. Como cerdos comienzan a chillar intentando imitar lo que según ellos son los gemidos de placer que provocaron en la mujer que intentaron poseer, todo esto mientras se terminan el dinero que habría de servir para comprar la comida de la semana.
Han pasado treinta minutos desde que llegó y apenas se comienza a ver algo de vida en las calles. Enciende un cigarrillo y ve a un joven acercándose, con paso lento, titubeante, con la cabeza baja, a medida que se acerca sus pasos se hacen más cortos, ella no puede más que sonreír mientras piensa que está noche no podría ser mejor, dinero fácil dice en voz baja.
Finalmente el muchacho llega hasta ella, le dice su nombre y solicita sus servicios. Son quinientos pesos y la habitación también corre por tu cuenta Patricio, le dice ella con la frialdad que da la profesión. El asiente tímidamente con la cabeza, y comienza a caminar. Ella lo toma del brazo intentando calmar la tempestad interior del muchacho. ¿Cuántos años tendrá? Se pregunta mientras caminan al hotel, al tiempo que comienza a realizar un análisis minucioso del joven varón, tenis negros, pantalón de mezclilla a la cintura, una sudadera café con gorra y bolsa al frente que le permite esconder sus manos, el cabello largo y despeinado pero limpio, incluso alcanza a percibir un ligero toque de colonia que sale de su cuello. Mete su mano en la bolsa de la sudadera en busca de las de el, no puede dejar de notar que el chico se estremece y sonroja, acaricia lentamente su mano, la piel es suave, tersa, inmaculada, esboza una ligera sonrisa pues se da cuenta de que Patricio aprieta con fuerza sus manos para no entrelazar sus dedos con los de ella. No debe tener más de diecinueve años piensa, lo abraza y restriega su cuerpo lo mas que puede al de el mientras piensa que no podía tener un mejor regalo de aniversario que ese.
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Hoy es su cumpleaños número dieciocho y está decidido a que sea inolvidable. Desde que despertó a las seis con cuarenta y cinco de la mañana, se pregunta si algo ha cambiado. Se miro en el espejo esperando ver algo diferente, y no pudo ocultar su desánimo cuando vio el mismo rostro infantil de siempre. Perfectamente sabía que el simple hecho de alcanzar la mayoría de edad no haría que las cosas cambiaran como por arte de magia, sin embargo en su corazón albergaba la idea de que así podría ser.
Cuando tuvo que abandonar Buenos Aires hace tres años, lo único que lo hacía soportar cada día, era el pensamiento de que pronto alcanzaría la mayoría de edad y podría regresar a su hogar. Hoy que finalmente alcanzaba la meta, no pudo evitar hacer una especie de recuento de los daños, si bien fue muy difícil al principio aceptar su nueva vida, también es cierto que conforme pasaron los días logro adaptarse y se hizo de muy buenos amigos en el barrio y en la escuela los cuales a pesar de ser muy diferentes en su manera de ser y de pensar, coincidieron en el sobrenombre “El Che Araña”
Sin embargo el último año, en lo único que podía pensar era en “Ella” Desde el primer día que la vio se supo perdido. Por las noches repasaba su recuerdo una y otra vez, debería medir aproximadamente 1.75 metros, delgada, de largas piernas que parecían haber sido torneadas mediante la programación de un gamer, seguramente iba al gimnasio cuando menos tres veces por semana, esos hermosos brazos sin rastros de grasa reafirmaban está idea. Su hermosa piel blanca contrastaba perfectamente con su larga cabellera negra que caía delicadamente sobre sus hombros, sus ojos eran negros como deben ser las noches sin luna ni estrellas, profundos como los agujeros negros que deambulan por el universo absorbiendo todo a su paso; y su boca de un rojo tan intenso como la sangre enmarcada por esos labios tan suaves como deben ser los pétalos de las rosas del jardín del edén.
Todas las tardes –excepto la del jueves- caminaba hasta la calle donde ella vivía, la esperaba escondido en la esquina, con el corazón a punto de reventarle a causa de la ansiedad que le provocaba el ser descubierto. La seguía sigilosamente hasta llegar a su lugar de trabajo en donde la contemplaba impávido y extasiado, al tiempo que contaba cada uno de los cigarros que ella encendía mientras esperaba la llegada de los clientes del día. Cada que alguien la abordaba, el cerraba los ojos y comenzaba a pensar en voz baja que nadie podía llevársela, ella no era un objeto de esos de usar y tirar, pero como siempre sucedía ella terminaba caminando del brazo de cualquier desconocido hasta el mugroso hotel que estaba a dos cuadras de donde ella solía esperar la clientela. Con el alma destrozada, esperaba en la acera de enfrente a que salieran de ahí, y como siempre, no podía soportar la indiferencia de los tipos que recién haber tenido la oportunidad de tocar a un ángel, se fueran a emborrachar o a sus casas sin darse cuenta de lo cerca que estuvieron del nirvana. Para cuando ella salía del hotel, el ya estaba esperando en la misma acera, para seguirla de nuevo hasta su lugar de trabajo. Y así todos los días caminaba de regreso a su casa, soportando el dolor de verla con esos insípidos personajes, de saber que nada podría hacer que cambiara el curso de las cosas.
Pero a partir de hoy todo podría ser diferente. Está vez no será solo un espectador, hoy ha decidido ser el protagonista de la historia. El héroe o el villano, eso no lo sabe aún, las cosas jamás resultan tal como uno las piensa. Sin embargo no ha podido resistirse a elaborar un plan, a repasar mentalmente y frente al espejo las cosas que habrá de decir estando a su lado. Invirtió sus ahorros de cinco años en el regalo que esconde debajo de su cama desde hace dos semanas, esperando pacientemente a que le llegara la mayoría de edad para salir a la luz. Como todos los hombres que se enamoran de ese tipo de imposibles, el está seguro de que ella habrá de abandonar su estilo de vida para estar con el, para disfrutar de ese amor sincero que el puede ofrecerle cada día y dejar esos ratos de placer sin sentido que brinda a todo aquel que pueda con el precio.
Como todas las tardes desde el día siguiente en que la vio, camina hasta la calle donde ella vive y la sigue hasta su lugar de trabajo, le toma veinticinco minutos reunir el valor necesario para comenzar la comedia que ha ensayado durante tanto tiempo. Le da toda la vuelta a la calle rogando porque nadie más se acerque a solicitarla antes de su llegada, cuando finalmente dobla la esquina y logra verla siente que el corazón va a salírsele del pecho, le parece incluso que puede escuchar sus latidos acelerados, se agacha y comienza a respirar profundamente intentando encontrar apaciguar sus emociones sin conseguirlo. Pero ya no importa, no sabe como pero de pronto ya se encuentra caminando de su brazo, siente como sus manos se introducen en la bolsa de su sudadera y comienzan a tocar las suyas y no puede más que apretar con gran fuerza el regalo que habrá de darle más tarde. Se da cuenta de que ella deja de tocar sus manos y sus esperanzas se incrementan cuando ella aprieta con fuerza su cuerpo contra el suyo.
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El recepcionista como siempre sin voltear a ver a la pareja toma una llave cualquiera, y mientras hace el recorrido para entregarla mira el número impreso en el llavero y lo recita de manera automática, al tiempo que abre la palma de la mano y gruñe el precio a pagar. Suben lentamente las escaleras, comienza a notar el sudor en las manos de Patricio, lo mira de reojo hasta que el la ve de soslayo y le sonríe, buscando regresarle la tranquilidad que el pobre hombre dejo olvidada en su casa cuando salió a emprender está aventura.
Al llegar a la habitación el se queda parado con la llave en la mano, incapaz de abrir la puerta. No es sino hasta que ella toma su mano y empuja la llave en el cerrojo que el reacciona de nuevo. Entran al cuarto, ella camina hasta el buró que esta del lado izquierdo de la cama, deja su bolso y comienza a quitarse los aretes, lo mira por el espejo y puede ver como el rostro de Patricio comienza a llenarse de júbilo, finalmente reaccionas le dice mientras comienza a quitarse el vestido blanco que escogió para está noche, tratando de imaginar lo placentero que resultara el sexo que se dispone a tener. Esta noche se puede dar ciertos lujos, quizá un beso en la boca para variar un poco las cosas, tal vez dejarse llevar sin fingir para alargar este momento tanto como sea posible. Todo esto piensa mientras decide si quitarse o no los zapatos, a muchos clientes les gusta sobre todo a los jóvenes, demasiadas películas piensa para si y decide dejárselos, total si no le gustan que el mismo me los quite.
La mira extasiado, no puede dejar de pensar en lo hermosa y maravillosa que es la mujer con la que comparte la habitación. Observa con gran expectación como comienza a desprenderse de sus ropas y accesorios, hubiera preferido que se dejara los aretes se le verían hermosos con el regalo que el trae, pero no logra articular palabras. Sin pensar saca el dinero para cubrir por adelantado el pago que ella espera, camina hasta el tocador y lo coloca sobre el menú del restaurante del hotel, le pregunta si no desea ordenar nada y aún cuando no recibe respuesta de su parte no le importa, lo importante es no despertar sospechas que puedan hacer que el momento termine antes de lo previsto. No puede evitar su reflejo en el espejo y comienza a llenarse de una alegría indescriptible que ella nota y se lo hace saber. Cierra los ojos y repasa de nuevo mentalmente una a una las palabras que habrá de decirle en cualquier momento, los abre de nuevo y contempla maravillado la perfección de su espalda desnuda, de sus largas piernas vestidas elegantemente de negro para una ocasión tan especial.
Llega hasta la cama y se sienta a un lado de ella, mete la mano izquierda en la bolsa de la sudadera, pero no logra decir o hacer nada porque ella lo toma por el cuello y le da un gran beso que lo noquea instantáneamente, no puede hacer nada, se da cuenta de que ha caído en sus redes y que no será sino hasta que ella decida soltarlo, que podrá hacer algo, así que simplemente decide dejarse llevar hasta donde ella quiera.
No sabe que le paso, pero no tiene la menor importancia, en cuanto sintió que se sentó a su lado se lanzó sobre él como una leona sobre la presa enferma, comenzó a desvestirlo con la paciencia y prontitud de la madre amorosa sin darle tiempo de reaccionar, embistiéndolo una y otra vez como un huracán a la costa indefensa. Se había dicho que un beso no estaría mal sin embargo una vez que probo la ternura de sus labios no pudo detenerse, era como una especie de colibrí extrayendo el néctar de una joven flor. Desde que lo vio caminando hacía ella supo que está sería su primera vez, y contrario a lo que normalmente acostumbraba hacer con los primerizos, le estaba dando un trato especial, es un regalo por mi aniversario pensaba para si misma.
Así es como debe uno de sentirse cuando entra al paraíso pensaba mientras intentaba regresar a la normalidad su respiración, tomo su mano y la apretó contra su pecho al tiempo que de reojo contemplaba la perfección de su cuerpo desnudo. Así pasaron un par de minutos hasta que se levantó para recoger del suelo su sudadera, notó que ella lo miraba con cierta confusión y no pudo dejar de pensar que sus sueños se harían realidad ese día, ella estaba enamorada. Saco el estuche con el anillo que había comprado para declararle su amor, camino hasta el otro lado de la cama se sentó a la altura de su cintura y le estiro el anillo mientras recitaba la declaración aprendida de memoria desde hacía mas de dos semanas.
Se sorprendió bastante de la declaración de amor que estaba escuchando. Se preguntó si no se habría equivocado con el y no fuera la primera vez que hacían negocios. Involuntariamente estiro la mano y extendió el dedo para que el le colocara el anillo. La cabeza le daba vueltas, perfectamente sabía que en esa profesión hay cosas que jamás se deben permitir, y sin embargo ahí estaba escuchando la declaración de amor más cursi pronunciada jamás sobre la tierra y con un hermoso anillo en su anular izquierdo. Para cuando termino el discurso amatorio, ya estaba más serena y sabía que lo más sensato era romperle de manera cruel el corazón a Patricio pero no pudo, lo tomo entre sus brazos y lo beso de nuevo como la primera vez, lo llevó hasta lugares que ni ella misma conocía. Al final, bastaron solo un par de minutos para dejarlo exhausto, dormido y solo en la habitación.
Cuando despertó se sintió tan solo y vacio, así como deben sentirse las estrellas en el firmamento, brillantes y hermosas, pero solas. Busco en todas partes alguna nota que explicara su salida repentina, vio el estuche en el tocador y corrió hasta el con la desesperación del suicida, lo abrió y vio el brillante anillo burlándose de su desgracia. Mientras se vestía, su tristeza se iba transformando en ira y antes de salir miro en el espejo su rostro enrojecido. La suerte estaba echada.
No obstante el tiempo que le tomo agotar a Patricio, logró llegar a tiempo a la cita que tenía programada con su negrito, y se encaminaron al restaurante que el había elegido para celebrar un día tan especial. Llegaron poco antes de las nueve de la noche, se sentaron y ordenaron una botella de vino tinto para acompañar los cortes de carne que ordenaron al mesero. No podía dejar de pensar en Patricio, sabía que era sobre todo por lo curioso del caso, sin embargo no estaba segura de que haberlo dejado solo y sin respuestas hubiera sido lo mejor, aunque pensándolo bien igual y quedaron a mano, finalmente ella le brindo un par de servicios al precio de uno.
Sabía donde encontrarla, y a cada paso que daba su ira se incrementaba. Al principio se le ocurrió que si no era para el, entonces no podía ser para nadie, pero conforme pasaba el tiempo, el sentimiento iba cambiando. No lograba entender porque lo había rechazado y no lograba dejar de pensar en la ingratitud de esa hermosa mujer, por más que le hubiese roto el corazón hubiera preferido que le dijera simplemente que no, y que lo hubiesse dejado abandonado como un animal que ya no se quiere y ha comenzado a estorbar en la casa.
Tal vez nunca logré saber que fue lo que paso en realidad, únicamente ha logrado recordar pequeños fragmentos de la historia, recuerda un cuchillo con mango de madera para carne y un vestido blanco tiñéndose de rojo, los gritos de la gente y a un tipo negro huyendo despavorido de la escena. Como sea eso ya no importa han pasado más de tres años y mientras contempla el suave correr del río de la Plata, piensa para si mismo que la herida al parecer ha cerrado por completo.